miércoles, 22 de diciembre de 2010

Aplicaciones Web en Smalltalk

Hay nuevo Smalltalk dando vueltas, se llama Pharo, También para los fanáticos, hay un Web Server para Smalltalk. Siempre espere que llegara el día en que hubiera uno. Recuerdo que hace años pensaba: "Imaginen toda esa potencia que tenemos para diseñar objetos en Smalltalk , llevada a la web".

Bueno, ya tenemos uno, se llama: Comet.
Lo use y la satisfacción de ir a http://localhost:8080 y que el servidor web sea un Smalltalk, me dio una alegría inmensa!

Aca un video de La historia de Smalltalk en la Argentina: Historia de Smalltalk
Mucha gente conocida para los Smalltalkeros, cosas que nos pasaban a todos cuando en la Facu ibamos a la clase de Programacion Orientada a Objetos de Gustavo, Maximo y todos los que nos enseñaban esa cosa maravillosa, con nuestros evangelios que eran los papers de los creadores.

domingo, 12 de diciembre de 2010

As Time Goes By

Hace pocos días asistí a un encuentro de ex-compañeros de la Universidad. El lugar, un departamento con patio y parrilla en La Ciudad de la Plata. Llegue al mediodía, el sol matinal refutaba todos los pronósticos de tormenta y aparecía radiante. El Micro pasaba entre las calles que se despabilaban, al borde de las veredas los arboles como siempre iban sacando sus raíces entre las baldosas de colores amarillo y rojo pálido, los puestos de diarios, la Plaza Moreno con su catedral de estilo Gótico y el pequeño jardín detrás lleno de enredaderas, La Glorieta donde tocan bandas y que al anochecer se inunda de mosquitos en verano, todos lugares conocidos por mi memoria se iban sucediendo en el recorrido.

Nuestra charla estuvo plagada de novedades, nos poníamos al corriente, alguno decía ¿que sera de tal o cual? y la pregunta dejaba un vacio, un lugar para las conjeturas. Ahí estábamos, un grupo de amigos tratando de buscar en las imagenes que teníamos unos de otros, imagenes oscurecidas por el tiempo y que tratábamos de traer a la luz. Había tiempo para hablar de todo y no necesitabamos explicarlo todo, bastaba que uno dijera que siguió trabajando en tal o cual oficina, para que el resto completara sus días en nuestras cabezas, como si hubiéramos acompañado desde un lugar secreto esa vuelta a casa, esa mañana de corridas al trabajo. Este conocimiento que teniamos del otro nos llevo de viaje una y otra vez, nos dejo encontrarnos en la tarde y como todo recuerdo verdadero: engañó a las ausencias.

Durante esos años de no vernos, A. se había subido a los escenarios de la calle Corrientes en la agitada Buenos Aires. M. había leído hasta que se le seco el cerebro, Mc. se dedico a la música, tuvo un grupo de Folklore y se dio tiempo, !Ahh Enviado del Cielo! para hacer labor social. D. se fue a buscar la vida por Europa y desembarco en el Tamesis, J. fue a Brasil y soñaba con pasarse los días entre bossa, palmeras y frutas en las esquinas, a J. todavía le debo una copia del Documental sobre la Revolución Anarquista del 36 en España. Ar. seguía luchando en las oficinas del estado y quería leer un libro, solo que no sabia cual y yo pense "seguro va encontrar algo que le va encantar". Todos habíamos hecho algo o dejado de hacerlo.

Al atardecer se corto la luz, la tormenta que se veía lejana apareció de golpe en un par horas, seguimos charlando, pero la falta de luz se hizo cada vez mas presente, Ar. trajo unas velas, las encendimos, sus luces iniciarón el siglo XIX sobre nuestra mesa, la dueña de casa trajo tazitas de porcelana con motivos pastoriles y a las 6 de la tarde tomamos el te, como en el resto de Londres. Ar. se quejó de la rutinario que se hacia el trabajo, casi todos nos despachamos (claro, cada uno a su manera) contra esa regla social que dice que uno debe trabajar ocho horas diarias, cinco días a la semana para ser alguien. Qué monótono se había vuelto el día, o ¿quizá nosotros fuéramos los cambiados?. El Big Ben dió sus campanadas largas que se mezclaron con las gotas de lluvia en la ventana, como se mezclaba afuera el barro con las herraduras de los caballos, las horas nos pasaban otra vez, la luz de la tarde desapareció.

El entusiasmo inicial del encuentro se desvanecía al igual que los sueños a medida que despertamos, los días de Universidad pensando que teníamos el mundo por delante, el mundo, que era el mundo después de todo, ¿era esa lluvia afuera?, ¿nuestros días de trabajo?, ¿los créditos en el banco?, ¿el próximo fin de semana? no lo sabíamos. No habíamos podido averiguarlo. Las cosas eran lo que eran y había que tomarlas. En la Universidad, cuando nos conocimos, las cosas podían ser cualquier cosa, todo podía ser, siempre había tiempo, en algún momento se nos había olvidado, el tiempo pasaba y le contaba la verdad a todos, la verdad, la verdad era y no era tantas cosas, pero con seguridad era todo lo que habíamos dicho cuando nos conocimos.